Parecía un águila. Tenía los ojos marrones. El color oscuro de su pelo me recordaba al turrón, al final de cada pelo se le formaba una pequeña ondulación, apenas definida por lo corto que era.
Cuando caminaba solía llevar la mano derecha en el bolsillo izquierdo del pantalón, en su armario abundaban los bolsillos. Su armario transmitía un bienestar dulzor, el y todo su dormitorio tenían un olor peculiar, pero especial, tremendamente especial. Lo primero que hacía por la mañana era mirar la foto que había encuadrada en su mesilla, día tras día la miraba recordando entre susurros aquel momento.Cada vez que oía la famosa canción de su móvil, famosa porque le recordaba a ella, veía una pequeña luz, y sentía una sensación olvidada.
Ansiaba con ilusión que llegara cada amanecer y ver que por alguna extraña razón, había una presencia a su lado, no una cualquiera, sino su presencia, la de ella. Sin recordar siquiera el vestido que le embriagaba su figura la noche anterior, o si el color de sus ojos deslumbraba solo. Sin embargo le frustraba sentir la soledad de su perdida, sentir el frío de sus propias manos, duras como piedras, que solamente eran capaces de ablandarse cuando estaba ella delante. Su único deseo diario era poder despertarse el resto de su vida, abrazado a ella, sudando a mares pero sin separarse jamás por miedo a perderla una vez más. Juró que sonreiría todos los días de su vida, porque tenía claro que era lo único posible capaz de hacer que ella volviese, su sonrisa, la de él mismo.
La imagen perfecta era imposible, aun no había sido realizada.

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Sonrisa.